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23 de agosto de 2014

"Doing the unstuck"



Uno sabe cuando está haciendo el gilipollas. Quizá no todo el tiempo, quizá son solo ramalazos. Pero es que hay veces que uno es tan feliz haciéndolo...
Sabes que en cualquier momento vas a darte el batacazo de tu vida, puede ser una caída constante, mas ¿quién nos puede echar en cara querer ser felices? Sí, esa felicidad del tonto, del ignorante, pero felicidad al fin y al cabo.
Aunque es muy difícil hacerse el idiota cuando uno es inteligente. Amordazamos a nuestra razón, la intentamos asesinar, la ahogamos en banalidades, pero sale... siempre sale...
Nos escupe a la cara que no somos de esas personas: no somos gilipollas, por desgracia, solo lo estamos haciendo, que es muy diferente.
Y te posee, vuelve a ser tu parte racional, rabiosa y enojada, la que habla por tu boca y quiere gritarle al mundo: "Que ya lo sé, ¡no soy imbécil!".
Pero qué bien se está siendo feliz aunque sea ese el precio, nuestro propio intelecto.
"Vas a caer. Vas a meterte el hostiazo de tu vida. Ya estás haciéndolo, como en un precipicio, no paras de caer y llegarás al suelo, no va a haber quién recoja tus pedazos".
Pero qué bien se está bailando desnudo al borde del abismo, haciendo que no sabemos qué hay más allá de él.

11 de junio de 2014

Pegado al cristal




Sabemos cuándo la felicidad no es para uno.
Vivimos un fabuloso regalo durante un tiempo a sabiendas de que no es para nosotros. Como una fabulosa fiesta en la que nos hemos colado y no podemos evitar mirar hacia los lados por si nos pillan, o esa larga noche inmersa en MDMA, en la que todo es increíble, pero los instantes de poca conciencia nos hacen mirar el reloj; sabemos que tiene un fin, porque hay algo, o todo, que nos dice que no es para nosotros, que nunca lo será.
Realmente, somos afortunados, un día nos llega una preciosa caja con una sorpresa aún más hermosa, pero finita y limitada, ya que siempre ha sido así y siempre lo será.
Recordando cuando nuestros padres nos prohibían algo y nos lanzábamos a ello con avidez, desoímos las señales que nos advierten que estamos viviendo de prestado y que el dueño de esa felicidad plena aparecerá en cualquier momento para reclamarla.
Sonreír, reír a carcajadas,  estallar... pero siempre con una mano preparada para parar el golpe, así nos hemos acostumbrado a vivir.
Hay veces que las circunstancias nos bombardean, nos salen al paso enormes luminosos de neón en los que reza que aminoremos la velocidad, que ese camino no es para nosotros, que el nuestro es aquel, solitario y yermo, pero apretamos el acelerador y los puños para poder recorrer cuanta más distancia mejor. 

Es desolador darnos cuenta de que "La cenicienta" o "El patito feo" son eso, cuentos, no fábulas, y no tienen ninguna moraleja. Esa felicidad no nos pertenece, solo hay unos pocos elegidos y no estamos ni en el bombo.
Pero uno llega a acostumbrarse y aprovecha esos pequeños o grandes regalos, los exprime, incluso hay momentos en los que llega a creerse que sí, que esta vez sí, eso estaba ahí para uno.
Siempre se vive como en una especie de "antes de" en el que el término no es la consecución del deseo, sino su final. Siempre sacudiendo la cabeza y con un montón de marcas de pellizcos. Siempre mirando de reojo esperando la patada que nos eche de allí. 

Pero, aquí, entre nosotros, sabemos que es mucho mejor seguir robando paquetes ajenos e invadiendo lindes que no nos pertenecen a mirar agarrados a la verja, aunque en uno de esos allanamientos paguemos con nosotros mismos. 
Moriría de empacho si logro reventar el escaparate de la pastelería.



23 de febrero de 2014

Le petit mort


Es triste saberse olvidado. 
"No hay mayor desprecio que no hacer aprecio", cuando se sabe que se hace aposta, todavía el orgullo se hincha un poco,
intentan hacer daño, adrede, un pequeño filo de desdén que demuestra que aún somos algo en esa mente.
Pero, ay, el olvido. Sórdida y desolada habitación desierta, en la que, por más que gritemos, nuestra voz es átona y nuestra presencia es invisible.
Es cruel, sí, es como dejar a un niño de la mano a su suerte...
El olvido es esa pequeña muerte de la que somos conscientes.

Probablemente no hay nada tan íntimamente doloroso. Qué somos sino existencia en los demás, ser en otro, por lo que el olvido es la nada, y nuestro pequeño cerebro, nuestra mínima esencia, no la concibe.
Cuando se ha sido el mundo, el eje que lo hace girar, es irremediablemente insoportable saberse asesinado.
Nunca más.
Jamás.
Curioso el ser humano capaz de ser Dios, siendo más insignificante que el vacío.

9 de febrero de 2014

Humano


El dolor no nos hace dignos, ni engrandece, ni libera, ni salva absolutamente de nada.
De hecho, preguntad a esos ojos que os miran directamente en el espejo, envilece, empobrece, despoja de todo orgullo y razón.
Cuando nos invade, ya sea del cuerpo o del alma, solo queremos despojarnos de él, arrojarlo; admitámoslo, (con algo de dolor, parajódico), que incluso se lo deseamos a los demás con tal de que desaparezca.
Queremos que ese círculo de seguridad que nos rodea no sea violado y corrompido por él, porque solo afea, rompe, emponzoña: destroza.
Nos convierte en auténticos monstruos, esos que precisamente nos dan tanto miedo porque lo producen, lo causan.
Nos han engañado, nos hemos dejado, al pensar que estamos hechos por y para él, que esta vida es en esencia y existencia dolorosa. Realmente, es una lucha en su contra, una carrera, una desesperada huida de esa bestia deforme y absolutamente poderosa.
Porque no es el dinero, no es el poder; quien verdaderamente domina es quien puede repartir pena, llanto y tortura; quien, moviendo un solo dedo, puede alargar, agrandar o golpear con el daño.

Eso es ser humano, no es sentirlo, no es soportarlo. Es ese miedo al reconocerlo y ese regocijo al perderlo. No es darse golpes en el pecho porque se está conviviendo con él día a día con resignación; ser humano es ese momento en que se está verdaderamente solo, en el rincón más oculto del mundanal ruido y las inquisidoras miradas, y se pide, se ruega, se vende el alma por no volver a ser humano jamás, por no volver a sentir dolor.



7 de noviembre de 2013

Cuenta atrás


Ahora mismo, en algún punto de esta, ahora, asquerosa ciudad, los Pixies estarán tocando "Monkey gone to heaven" y yo estoy aquí, como siempre, en el sofá, con mi sempiterna Coca-Cola Zero y mi Lucky Strike.
Esa es la historia de mi vida, (si llega a serlo), una larguísima sucesión de "quiero y no puedo" o más bien "quiero y no llego".
No, no me estoy lamentando, solo lo pongo en palabras, es un hecho, mi voluntad siempre ha sido cortita, tanto que, quizá, en ocasiones,
sean los demás los que hayan dejado ese deseado acto en eterna potencia, hartos de esa falta acumulada por mi parte, curioso, hartarse de la falta de algo...
No descubro nada nuevo si digo que somos nuestro peor enemigo, tanto que, tras siglos y siglos luchando encarnizadamente con nosotros mismos, el único arma que hemos descubierto, (el hombre, ese ser superior), es echar la culpa al otro.
En mi caso debería haberme bombardeado ya hace tiempo, pero qué genial es luchar contra gigantes y pasar de esa voz que dice son molinos y que te dediques a terminar eso que tenías entre manos.
Y, como no, tengo la sensación de que hasta en eso, en luchar contra mí, me voy a quedar a la mitad, me estoy quedando a medias.
Como en cualquier enorme tarea, la mayor sin duda, comencé a distraerme muy rápido, a ver gigantes, dragones, unicornios, cazas y hasta black hawks, y, ya se sabe, nuestro mayor enemigo tiene recursos, tiene estrategias, tiene planes, es un grandísimo general, (hay personas que son capaces de conseguir de ellos mismos luchar en su propio bando, se llama éxito), y posee ese efectivo golpe de gracia: "Es que ahora ya..."; "Ya si eso..."; "Pero si ya...", efectivamente, si ha habido poca voluntad, ¿por qué echar el resto?
Así han ido quedando las potencias acumuladas en la maleta, salpicadas con algún que otro acto maltrecho, casi siempre agarrado con alfileres de casualidad o azar.
Y sí, me estoy dando cuenta de todo esto y no termino esta misiva
con un "a partir de ahora...", no, soy así, de voluntad cortita,

porque "es que ahora ya...", "a estas alturas...".
Además, alguien tiene que quedarse en el sofá con la zero y el lucky para que otro se luzca y sea un victorioso adalid de la voluntad, pero eso da para otro post, que quizá escriba... o no.

P.D. Quien no se haya quedado así alguna vez, que tire la primera lata.

30 de junio de 2012

¿Demasiado joven para el rock and roll?*


Llegar al trabajo sin dormir apenas, con agujetas, sin voz...
Reservar los últimos euros de fin de mes...

Esperar horas...
Recorrer kilómetros a las tantas de la noche...
Ayudar a cargar bártulos en las furgonetas...
Responder con una letra...
Olvidar todo lo que parece inolvidable...
Acumular mil y un nombres en la cabeza...

Creer que no se puede dar más y, con un solo gesto, seguir hasta el final...
Reír hasta reventar...
Llorar hasta estar vacío...

Siempre me he lamentado de no tener talento, no tanto por estar ahí arriba, sino por crear algo así, algo que remueve hasta las entrañas.
Pero, qué coño, mi vida también es para el jodido rock and roll. 


*Título tomado de un tema de Mallory Knox, "Demasiado joven para el rock and roll". 


18 de abril de 2012

La Verdad

Si estáis leyendo esto, es que tenéis un ratito, así que me permito tomarlo prestado y que imaginéis conmigo.
Vamos a imaginar que todos somos iguales, por dentro y por fuera, en materia y forma, en acto y potencia. Iguales, a imagen y semejanza de nosotros mismos y al de al lado y al otro y al otro… Iguales, semejantes y similares, equivalentes, incluso.
Si además de imaginar, nos ponemos a deducir un poco, a inferir de esa igualdad, podríamos aventurar que no habría injusticia, ni envidia, ni soberbia, ni egocentrismo.
No habría razón para la competitividad, claro. Ni tampoco tendría sentido en el egoísmo.
La crítica no tendría cabida, por lo que no habría qué pensar, ni idear, ni superar, ni avanzar. ¿Inventos? ¿Descubrimientos?
No habría ensayos, no se producirían errores, ¿aprender? ¿Qué sería eso?
Si todos fuéramos iguales, no habría qué desear, ni qué querer y, lo más horrible, qué amar, por lo que tampoco habría ni canciones, ni poemas, ni tragedias, ni comedias, ¿de qué haríamos chistes?
No, no existiría el arte.
Probablemente, tendríamos un lenguaje limitado, unas pocas palabras para una mente aún más finita.
No observaríamos, solo miraríamos.
No haría falta respeto y tampoco empatía.
La justicia sería natural, pero no sabríamos que existe, igual que la libertad.
La alegría, la tristeza, el éxito, el fracaso, las luces y las sombras… Nada. Una igual y equilibrada nada.
No podríamos hacer el bien o el mal, ni existiría vicio ni virtud. Ni placer ni dolor. No habría vida.
Si esa Verdad fuera la realidad, no existiríamos.