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30 de junio de 2012

¿Demasiado joven para el rock and roll?*


Llegar al trabajo sin dormir apenas, con agujetas, sin voz...
Reservar los últimos euros de fin de mes...

Esperar horas...
Recorrer kilómetros a las tantas de la noche...
Ayudar a cargar bártulos en las furgonetas...
Responder con una letra...
Olvidar todo lo que parece inolvidable...
Acumular mil y un nombres en la cabeza...

Creer que no se puede dar más y, con un solo gesto, seguir hasta el final...
Reír hasta reventar...
Llorar hasta estar vacío...

Siempre me he lamentado de no tener talento, no tanto por estar ahí arriba, sino por crear algo así, algo que remueve hasta las entrañas.
Pero, qué coño, mi vida también es para el jodido rock and roll. 


*Título tomado de un tema de Mallory Knox, "Demasiado joven para el rock and roll". 


18 de abril de 2012

La Verdad

Si estáis leyendo esto, es que tenéis un ratito, así que me permito tomarlo prestado y que imaginéis conmigo.
Vamos a imaginar que todos somos iguales, por dentro y por fuera, en materia y forma, en acto y potencia. Iguales, a imagen y semejanza de nosotros mismos y al de al lado y al otro y al otro… Iguales, semejantes y similares, equivalentes, incluso.
Si además de imaginar, nos ponemos a deducir un poco, a inferir de esa igualdad, podríamos aventurar que no habría injusticia, ni envidia, ni soberbia, ni egocentrismo.
No habría razón para la competitividad, claro. Ni tampoco tendría sentido en el egoísmo.
La crítica no tendría cabida, por lo que no habría qué pensar, ni idear, ni superar, ni avanzar. ¿Inventos? ¿Descubrimientos?
No habría ensayos, no se producirían errores, ¿aprender? ¿Qué sería eso?
Si todos fuéramos iguales, no habría qué desear, ni qué querer y, lo más horrible, qué amar, por lo que tampoco habría ni canciones, ni poemas, ni tragedias, ni comedias, ¿de qué haríamos chistes?
No, no existiría el arte.
Probablemente, tendríamos un lenguaje limitado, unas pocas palabras para una mente aún más finita.
No observaríamos, solo miraríamos.
No haría falta respeto y tampoco empatía.
La justicia sería natural, pero no sabríamos que existe, igual que la libertad.
La alegría, la tristeza, el éxito, el fracaso, las luces y las sombras… Nada. Una igual y equilibrada nada.
No podríamos hacer el bien o el mal, ni existiría vicio ni virtud. Ni placer ni dolor. No habría vida.
Si esa Verdad fuera la realidad, no existiríamos.


13 de marzo de 2012

Salvar las circunstancias


Hay a quien le parecerá una auténtica burrada, pero la manera que tenía, y tengo, de asimilar los más complejos sistemas filosóficos es, como con las matemáticas, reducirlos a la cuenta de la abuela, es decir, al ámbito de estar por casa. Funciona, sobre todo con las teorías sociales y antropológicas.
Y no hay más que abrir los ojos, bueno, o poner la televisión para, cada día, poder repasar alguna y constatarla, por desgracia en muchos casos.
No puedo evitar meterme en estas inútiles diatribas, con el ceño fruncido, mientras asisto a todo lo que pasa, quizá porque todavía intento rebuscar en mi interior un poco de ese optimismo, esa positividad, que no positivismo, que me falta, que perdí en algún lugar entre "Campeones" y "Documentos TV".
Últimamente me acuerdo del señor José, sí, de Ortega y Gasset, el mismo, que no era periodista, sino filósofo y que escribía no solo artículos, sino grandes ensayos en los que analizaba y criticaba todo eso que los periódicos recogen.
Porque él ya advirtió, hace poco de tiempo, antes de ayer, de todo esto que se venía encima y que muchos ahora, leyéndole, arrugarían el gesto tachándole de ser tan cerrado y f... (no quiero ni decirlo), como realmente son ellos.
Y, aunque sería bueno repasarlo, (promesa hecha de que lo haré), voy a algo mucho más sencillo: «Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella, no me salvo yo». 
¿Os suena? Sí, hombre, si lo vemos todos los días. Bueno, realmente, lo llevamos a cabo todos los días, ¿o no? 
¿Todavía no caéis? Os lo presento en chiste: "Joder, qué putada, a ti se te muere la madre y mí se me pierde un boli...".
¿Así mejor? Por supuesto, quien esté libre de mirar las cosas según le van a él, que se presente a premio Nobel de la Paz, por favor.
Creo que con esto ya no tengo mucho que añadir, quizá que lo peor de todo, sea la segunda proposición: "...y si no la salvo a ella, no me salvo yo".
De ahí podemos entender cómo los candidatos "ganan" las elecciones, no son elegidos, porque no van partidos, van auténticas facciones, (cómo nos desenmascara el lenguaje...).
Cómo hay varias asociaciones para, por ejemplo, las víctimas del terrorismo, que fomentan el odio entre ellas.
Cómo hay quien piensa que, en su vecino de enfrente, según lo que defienda, tiene a un contrario, a un rival, hasta una amenaza...
Cómo hay políticos, aquellos que trabajan al servicio del país, (¡¡¡ay, añorada minoría dirigente ilustrada, don José!!!), que intentan enquistarse a su puesto, aunque el mismo agonice y no dé más de sí, y otros que se han regocijado de que esté agonizando, (no han arrimado ni un pelo), solo por poder entrar ellos y carroñear los restos.
Cómo no existe la misma reacción a idéntica acción y dependiendo de dónde se reciban o se ejecuten las mismas, son justas o no, o son verdaderas o no. 
Sí, visión simplista, pero casi podría afirmar que fue lo que empezó a ver el señor Ortega y Gasset, que siguió buscando esa razón vital como grito desesperado en defensa de ese hombre que lucha, con uñas y dientes, solo por salvar sus circunstancias, sean cuales sean las mismas, sean cuales sean las de los demás. 
 





8 de enero de 2012

Cosas importantes


Mi madre es la mejor persona del mundo, sí, lo es. Ya, ya... Tu madre, tu madre, y la tuya y tu padre... también lo son, por supuesto, pero no los conozco o poco.
Así que, hablaré de la mía.
Reitero, mi madre es la mejor persona del mundo. Todo el mundo la adora, como para no, si ella adora a todo el mundo. Y, cuando digo a todo el mundo, digo a al mundo entero.
Los conductores del autobús urbano de mi pueblo. Los dependientes de toda tienda a la que entra. Los currillos que andan siempre por la urbanización haciendo chapuzas. El marroquí que vende alfombras. El chico que viene a instalarle el teléfono... A ella le da igual de dónde sean ni de dónde vengan, son muchachos y muchachas, como dice ella, que están trabajando y se buscan la vida.
La ves bajar con dos latas de coca-cola al portal: "Esos muchachos se están muriendo de sed, trabajando ahí en pleno verano".
Llega con una palmera de chocolate a la cola del autobús:¨"El pobre Gaspar, (el conductor), que debe tener hambre ya, mira qué hora".
Te encuentras a dos chicos con mono viendo la tele en su salón: "Venían a arreglar el teléfono, pero, pobres, se ha complicado y empezaba el partido".
Mi madre le cuenta a los marroquíes de la frutería que ella es de Ceuta y que le gusta el te con hierbabuena y le dice a la chica de la caja que aquí hace tanto frío o más que en su tierra, entre risas, porque la ve encogida en su silla.
Se pone a hablar con su compañero o compañera de asiento, sea quien sea, alguna vez la he visto hablando con algún punk de por aquí, haciéndole reír y él a ella.
Hay más gente así, lo sé, tu madre, la tuya, tu padre, tu hermano...
Hay gente que, a pesar del maletón que arrastran, siguen sonriendo y pensando en el que llevan los demás, en que no se puede hacer más ligero, pero sí distraerte un poco de él.
Mi madre es católica practicante y simpatizante del PP, pero eso es lo de menos, como para ella otras cosas, o debería serlo.