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28 de diciembre de 2007

Ava Gardner

No, decididamente no. No soy de esas mujeres a las que se les escribe una canción o se le dedican unas misteriosas líneas en un críptico poema. No soy de esas que permanecen en la memoria como si de una mancha de vino en el inmaculado lienzo del mantel se tratara. Nunca he sido de esas que dislocan cuellos al pasar. Ni de las que al relatar su periplo vital, se imagina uno en la pantalla del Benlliure o del Imperial en la Gran Vía.
Nunca podré ser de esas, pocas, a las que el humo del cigarrillo enmarca la cara al son de "Smoke gets in your eyes". Ni podré alternar con un diablo en un bar llamado "Aquelarre".
Por mis venas no corre la roja y caliente sangre de Scherezade, Lucrecia o Margherita. Ni ninguno de mis rasgos tiene la más mínima seña de los de María Antonieta, Paulina o Isadora...
Lo sé... pero aún así, no puedo evitarlo. Venero a Ava Gardner.


12 de diciembre de 2007

Realidad

Preparar algo, sea lo que sea, un trabajo, un proyecto, incluso una sorpresa, suele ser costoso y difícil. Una y otra vez se intenta visualizar el buen resultado en la mente como para que sirva de totem y moldee la realidad. Incluso en esas idas y venidas al mundo interior, se olvidan elementos importantes en los preparativos que más tarde hay que intentar atrapar al vuelo, o batir el record de velocidad para poder conseguirlos.
Cuando llega el momento, lo único que queda por hacer es cerrar los puños con fuerza y ponerse a uno mismo, si cabe, en el asador, para que todo sea como esa imagen-patrón que se había construido.
Y cuando se está en plena combustión, cuando se está ardiendo y ya nada ni nadie puede meter la mano a modo de salvamento; cuando muy al contrario, se ve que se han empujado, como si de leña fuera, a un motón de personas a las que se ama, a la hoguera que se está consumiendo. Justo en ese momento, el totem mentalmente construído cae a plomo y se derrumba por imposible.

Y fue justo en ese momento cuando abrí los ojos y me di cuenta de que la realidad no era el reflejo de esa imagen ideal que me había obligado a fabricar para luchar contra los ataques de pánico.
Es muchísimo mejor.
Gracias a todos y cada uno de los que lo hacen posible.
Debo pedir disculpas si quizá, en medio de la vorágine, no reparé en que sois excepcionales.



3 de diciembre de 2007

Metedura de pata

Sabes perfectamente que es una metedura de pata. Eres totalmente consciente de que estás en un error de proporciones gigantescas. Miras de reojo y ves a tu conciencia, a tu razón, jugueteando con la fusta, preparada para la tortura más cruel.
Pero te da igual, porque eso que sabes que no es así, ese desliz de tu mente, ese disparate del tamaño de tu cerebro, te gusta. Te produce un placer infinito. Te hace más llevadera esta, en ciertos momentos, aplastante realidad. Te sirve de nave en la que volar muy alto, tanto que todo lo demás queda reducido a puntos, motas de polvo...
Y sigues viviendo aquí y allí. Porque no puedes evitar sonreír cuando casi te rompes una pierna metiendo la pata de esa manera. Porque te sientes tan bien, tan pleno, cuando tu cerebro te repite que el sol sale de noche, que no te importa que sea una majadería de dimensiones mastodónticas.
Pero llega el día en que caes, a plomo. Tu cabeza golpea, fuerte, contra el duro suelo de la realidad, que no de la verdad. Porque la verdad es esa que tú tenías ahí dentro, y que se está desparramando por ese pavimento frío y yermo. Pero te levantarás y vendrá una vieja, fea y desdentada, con una fregona mugrienta en las manos y se llevará los restos.
Y como cuando te enteraste que los reyes magos no existen, lloras, te rebelas y por unos segundos intentas olvidarlo. Es imposible, no se puede vivir toda la vida con la pierna en un hondo socavón.
Y no te quejas, ni rechistas, porque tienes muy presente que tú y sólo tú te recreabas una y otra vez, con todo ese placer que te suponía.

Y el frío de diciembre me está helando las entrañas...