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4 de febrero de 2009

Errores

Aprender de los errores… no volver a tropezar con la misma piedra… adquirir experiencia de los fallos cometidos… pero ¿y de los sufridos?
Paseamos con la lección bien aprendida desde que comenzamos a dar los primeros pasos solos en nuestro camino. Casi siempre, (con énfasis en ese “casi”), sabemos esgrimir la moraleja de todo aquello que nos ha hecho sentirnos avergonzados, pobres, incómodos o indignos… Mas ¿qué nos ocurre cuando somos las víctimas de esos errores? ¿Sabemos exprimirlos de la misma manera? Somos capaces de distinguirlos, por más nimios que sean, nombrarlos, airearlos e incluso clasificarlos y aplicarles un castigo o pena. Pero ¿aprovechamos algo de ello? ¿Somos conscientes, desde nuestra magnánime posición de víctimas, de que podemos también sacarle partido a ese gran o diminuto fallo cometido por otro? Es más, cuando ese error, por arte del lenguaje, y por crueldad del ser humano, se convierte en horror, ¿lo hacemos causa contra la que luchar?
Las heridas de la culpa nos dejan tal cicatriz que ya siempre nos mantendremos alerta. Pero los restos cercenados por otro los exhibimos en procesión, como plañideras, aunque sin acordarnos realmente del miembro mutilado. Sin darle una causa, un fin, un motivo, por el que valga esa pena.
Y cuando dejamos de llorar y de gritar, nos damos cuenta de que, a nuestro paso, hemos ido dejando un cementerio con nuestros propios cadáveres… y entonces ya es muy tarde para repasar la lección…

P.D. Es un placer volver... os he echado de menos.